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lunes, 18 de agosto de 2008

adventure

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Köln, Cologne, Colonia

-Rosita, ¿puedes venir, por favor, que quiero enseñarte algo...?
-No puedo, Carmela... Estoy ocupá...
-Te he dicho que vengas...
-A véééé, ¿qué quieres?, y date prisa que estoy hablando con el papagayo de la vesina y la conversasión está mu animá...
-Rosa... la vecina no tiene papagayo...
-¡Anda, leche! ¡no me digas que llevo toa la mañana hablándole al plumero...!
-Tú sabrás, Rosa, yo no me meto con tus amistades, pero mira, ¿puedes decirme qué te parece esto...?
Köln, 1945

-¡¡¡COÑO!!!! Carmela, te aseguro que yo no he sío, que yo he estao toa la mañana asomá al balcón...
-Ya sé que tú no has sido, Rosilla. En el 1945 aún me faltaban muchos años para venir al mundo. Y si yo no existía, imagínate cómo podrías existir tú...
-Pos entonses pa qué me miras asín, ¿so malaje? Bueno, pos yastá, to arreglao... ¿Me puedo ir ya, que ando apurá, mi arma?
-No. Te voy a contar el viaje a Colonia, ¿o ya no te interesa?
-Pos si te digo la verdá Carmensilla, casi que no, que esta vez me has metío en el bolso y no me has sacao ni siquiera en el aeropuerto pa ver descollar o enterrar a los aviones.
-Se dice décoller y atterrir, Rosa, décoller y atterrir. Y más vale que te quedes con el andaluz, que se te da mucho mejor, bonita...
-Bueno, pos si hay que sufrí, venga, ¿qué me vas a contá?



Pues te voy a contar, Rosa, que Colonia en el 1945 quedó tal como aparece en la primera foto: reducida a cascotes, polvo, dolor y lágrimas. Sus bellísimas iglesias románicas quedaron parcialmente destruidas, sus puentes también, y barrios enteros desaparecieron bajo la fuerza diabólica de las bombas. Se salvó la catedral porque se decidió que sufriera lo menos posible. El milagro es que, efectivamente, quedara en pie cuando todo a su alrededor quedó reducido a nada. Yo, Rosita, no voy a entrar a estas alturas a decir si Colonia merecía esa suerte o no. Había que vencer a los nazis. Y se hizo. Perdió, como casi siempre sucede, el arte, la naturaleza, y, por supuesto, la población civil.
Siete años después, las iglesias románicas estaban recuperadas, reconstruidas, y sus barrios igualmente, pero nunca más fue la misma Colonia de hermosas casas antiguas.




-Mira, Rosa, esta es la catedral...
-Pos anda que no tiene mugre... Necesita una miajita de agua y jabón...
-Es una mole impresionante y, desde luego, ese negro no le favorece en absoluto. Pasar por su plaza -donde hace un viento helado, cortante, nada agradable- a la caída de la tarde, impone respeto.
-Vamos... que acojona...
-Pues sí, Rosilla, un poco, porque la iluminación que tiene la plaza tampoco es excesiva. Da un poco de miedo pasar a su lado en la noche, sí.



-Rosi, en esta pastelería-cafetería tan chula, que se encuentra en una de esas calles llenas de gente, de tiendas, de chucherías -que, por otro lado, es una réplica de todas esas otras calles céntricas de Copenhague, Estocolmo, París, Madrid...- estuvimos comiendo en un par de ocasiones. La gente, a las 2 de la tarde, ¿sabes qué suele tomar, a juzgar por lo que he observado durante esos días?
-Pos por lo que se vé ahí, paella no...
-No, paella no, pero sí unos vasos de café con crema y unos pedazos de tarta -tartas maravillosas- que los dejaba tibios, aunque a mí eso me hubiera dejado fría, porque, Rosa, yo a las 2 de la tarde lo que me apetece es algo más que un café con un pedazo de tarta. Así que yo tomaba un bocadillo estupendo con un montón de cosas ricas dentro, y una coca cola. La tarta me la tomaba como postre.



Solíamos ir hasta el Rin, aunque por aquella zona el viento y la lluvia que nos acompañaban no hacían nada apetecible el pasear. Cruzamos a la otra orilla, pero Rosa, no me gustó demasiado: todos eran edificios modernos que no me decían nada. La vista desde allí, sí, porque al otro lado, se veían las únicas casas que se conservaron a pesar de la apisonadora de la guerra. También podían admirarse las torres de las iglesias, codeándose con las nubes.



El Rin, color chocolate, fluía tranquilo. Como tranquilas navegaban las barcazas, en un sentido y en otro. Corría relajado, el río, pero tenía el rostro amoratado de frío.





Esas casas, Rosi, son preciosas. Creo que es la mejor zona de Colonia. La que más me ha gustado. Tiene unas callejitas encantadoras. En algunas de las casas, en la fachada, está indicada la fecha desde la cual ha estado habitada.


Sin duda debe ser hermoso poder asomarse a la ventana, en primavera, o mejor aún, en verano, y seguir el curso del Rin. En esos días que allí anduve, bajo la lluvia, el Rin mostraba, no obstante, una mirada entristecida.




Estas calles, si a la luz del día son bonitas, de noche son embriagadoras. He decidido, Rosa, que la mejor Colonia, para mí, es esta que mira al Rin y que se transforma como por arte de magia, al llegar la noche.





Buscando iglesias románicas, y de ellas Colonia tiene unas cuantas realmente maravillosas, nos encontramos con el Museo del Chocolate. Teníamos que entrar, Rosa, por dos razones: una, porque fuera hacía un frío que pelaba y además estaba lloviendo, y dos, porque el chocolate es un potentísimo imán y sólo pensar en esa palabra te hace salivar y desear echarte un trocito a la boca.

Entramos y el aroma me tuvo en volandas durante el tiempo que anduvimos por allí dentro. Tiene un gran supermercado, donde puedes encontrar tipos y tamaños de tabletas a placer. Bombones, chocolatinas, lenguas de gato, figuritas, bolas de todos los tamaños, barritas, palitos... Todo el chocolate bajo sus distintas formas, allí las tenías, sólo había que comprarlo y darte el atracón. Todo un festín, para los ojos y el estómago.




Yo me contenté con tomarme un vaso, mitad chocolate, mitad nata, mientras miraba hacia la ciudad, sus luces reflejadas en el agua y las barcazas, fantasmas en la noche, surcando el río.



Tras el chocolate, pasear de nuevo bajo la lluvia por la ribera bella e iluminada. Más de un centenar de personas esperaban, pacientes y disfrazados, la orden de embarcar en uno de aquellos inmensos barcos que surcarán el río en verano, para gloria y placer de propios y extraños, pero que en invierno, quiero pensar, duermen tranquilamente, envueltos en un manto de nieve, junto al muelle. Esa noche, sin embargo, uno de ellos iba a servir para festejar el Carnaval.



Nos adentramos por el barrio antiguo donde ya se presentía la fiesta que sería al día siguiente. Decenas y decenas de jóvenes bebiendo y cantando, alrededor de puestos de bebidas, con la música calentando el ambiente. Los bares estaban abarrotados. Gentes felices, sonrientes, festejando un evento para el que se han preparado durante todo un año.




Esta casa me gustó mucho. En ella están, superpuestas, las distinas etapas de su construcción. 1721, 1914, 1954... ¡Cuánta gente ha pasado por su puerta!




El domingo de Carnaval amaneció lloviendo. Y lloviendo había estado toda la noche. Aún así, desde muy temprano, gentes venidas de no sé dónde -la estación central estaba justo donde mi hotel, y éste al lado de la Catedral- desafiaban al mal tiempo y hacían gala de su buen humor. La cerveza, el ron, la ginebra... en la mano, no les abandonaría en todo el día.



La música, un buen ambiente, la lluvia, el viento... todo se reunió en esta plaza y las calles más céntricas, para dar la bienvenida al Carnaval a las 11 y 11 minutos, del día 11 y el mes 11. Era como un fin de año en la Puerta del Sol, o en cualquier otra ciudad europea, pero a la luz del día.





Chicos y chicas disfrazados no importaba de qué...



Orquestas en cada plaza, por las calles... Orquestas que han estado ensayando todo el año para este gran día.




Música vibrante y un colorido fastuoso.




Nunca me imaginé que un Carnaval en Colonia fuera tan divertido, tan espectacular.




Los grupos musicales cuidaban todos los detalles: el ritmo, los movimientos, la melodía... Formaban una coreografía perfecta.




A veces era difícil poder pasar por una calle, tal era la aglomeración de personas en torno a los músicos.




-Carmela, to eso que más contao es mu bonico, pero mira, a mí lo que me gusta de verdá de la buena, es toa la decorasión navideña.

-Los comercios, Rosa, ya estaban vestidos de Navidad. ¡Y cuántas cosas hermosas podías ver en la vitrinas, en los estantes...!

-Pos como aquí, Carmela...

-No, Rosi, como aquí no. Porque cada uno tiene su estilo y lo que allí encuentras, aunque sea similar, no es igual. Siempre te parece más bello.

-Bah, Carmensilla, no me seas paleta, esos son paparruchas...




-¿Me vas a comprar dos renos pa la Navidá, Carmela?

-¿Y para qué quieres tú dos renos? Te advierto que en tu habitación ya no cabe nadie más.

-¡Qué grasiosa, la jodía! Pos mira, no, que no los quiero de carne y hueso, sino de peluche, pa ponerlos serca de la ventana...

-Ah, ya entiendo, y así se los presentas a tu amigo el plumero... digo... el papagayo.






En definitiva, que en Colonia, igual que en Madrid, la Navidad ya no sucede en Navidad, sino que empieza dos meses antes...

-Carmela, ¿tas fijao? ¿quién habrá sío el malaje que ha puesto la Navidá en Navidá, con el frío que jase?

-Es verdad, Rosa, hay gente que no sé dónde tiene la cabeza...







-¡Mira, Carmela! ¡Esa eres tú! Tienes carilla de helá...

-Sí, en la estación de Colonia, esperando el tren para ir al aeropuerto, hacía un frío que pelaba...






-Pos aquí se te ve borrosa, Carmelilla... No tan sacao bien...

-Lo que se pretendía era que se viera el letrero de la estación, pero apenas si se ve...




El tren también llevaba bastantes grupos de amigos que volvían a casa, tras una mañana enloquecedora. La gente era muy agradable, risueña, sandunguera... Todos habían estado bebiendo y festejando el Carnaval y el tiempo, aunque frío y lluvioso, no les había molestado demasiado. Además... sinceramente, si hubiera sido peor, incluso hubiera estado nevando, tampoco se habrían enterado. El frío exterior lo suplían ellos con creces con su calor interno y su alegría.





Aeropuerto de Köln. La visita a Colonia terminaba y el domingo también. El avión partió rumbo a Madrid y dos horas después, aterrizábamos en Barajas, dándome la sensación de que entre una ciudad y otra tan sólo hubiera un largo pasillo para recorrer. Como si estuviera ahí mismo y poder tocarla con tan sólo estirar la mano.

Supongo, Rosita, aunque nunca se sabe, que no volveré a ver Colonia, pero me ha gustado visitarla y traerme tantos buenos recuerdos de la estancia en esa ciudad.

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Rosi, o la Rosi, es un personajillo andaluz que yo inventé hace unos años. Es diminuta, contestona, mal hablada, irónica, descreída, y le gusta esconderse detrás de las cortinas. La suelo llevar en el bolso, cuando viajo, para que no haga ninguna trastada, y eso es lo que ella siempre me reprocha; igual que me recrimina que ponga mi nombre y no el suyo, cuando escribo algún relato, porque dice que sin ella yo estaría perdida. Y lo cierto es que tiene razón, toda la razón.

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María del Carmen Polo


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